Una hermana nace a la maternidad

Cuando se ve nacer a la maternidad, a una hermana, algo en ti se transforma, se hace grande la humildad, así mismo de contradictorio, porque te haces pequeña contemplando la gracia de una gran obra.

¿Cuál es esa obra de gracia divina?

La entrega y devoción de una madre nueva que es tu hermana de sangre y tribu.

Conoces la historia de vida de esa hermana, la conoces de palmo a palmo, como si fuera tu propia vida porque es parte de tu vida, porque es tu carne y sangre. Recuerdo cuando esa hermana siendo una niña pequeña me decía antes de dormir: “hazme conquillitas”, suaves caricias con la yema de mis dedos sobre su brazo, espalda o cuello. Dormíamos en nuestro cuarto con las camas juntas y confieso que, a veces, me fastidiaba, pues se me dormía el brazo pero lo hacía solo porque ella, mi hermana, menor me lo pedía.

Ahora esa hermana pequeña se ha hecho madre y la he visto transformarse, en su cuerpo, mente y espiritualidad, entonces la acompaño como alguna vez me pasó mi y ella me acompañó y todavía me pasa y ella me acompaña. Ver a la otra, a la hermana, es realmente revelador y conmovedor. Su bebe tiene días de nacido y mientras amantamos a nuestros hijos en el patio de su casa, me digo a mi misma, quien diría que un día estaríamos así, cobijando apaciblemente a tiernos seres que milagrosamente se fecundaron, formaron y emergieron de nuestros cuerpos.

Lo que más admiración y beneplácito me produce este estar y ser en tribu, es ver a esa hermana como una mujer-otra, verla doblegada, postergando su propia afectividad y voluntad, incluso postergando necesidades vitales y fisiológicas, como comer y dormir, entre otras, para poner a la cría recién nacida en su lugar prioritario.

Estoy convencida que este acto sublime y también valeroso del amor tangible de dar, darse, entregarse y doblegarse se acerca a lo que vivió y sintió María cuando entregó a su hijo como un hijo de Dios y tal vez, un poco, a lo que ese hijo, Jesús, sintió y vivió al entregarse por la humanidad.

El acto de dar lugar y aceptar el dolor del parto natural-vaginal, de experimentarlo y vivirlo con pasión y aceptación en nombre de lo que simboliza, el acto de ofrecer los senos y todo tu cuerpo al momento de amantar una y otra vez, sobre todo las primeras veces cuando se abren los conductos y  se produce un estremecimiento sin igual, sólo se equipara a ese amor supremo de Jesús de Nazaret.

Cada quien es libre de optar por la fe que mejor le parezca para estar cerca de Dios, de hecho mi hermana también lo es. Estoy convencida que ningún ejercicio espiritual es mejor que otro si se trata de seguir a Dios en comunidad,  pero para mi seguir a Jesús, intentar vivir cómo él, encontrarlo a él en lo que vivo, es mi opción de vivir en el Amor, no como un acto teórico, voluntarioso y ajeno sino como una realidad regalada y otorgada por Dios, por todo eso Gracias, Señor Gracias, porque tu amor se hace vivo presente, aquí y ahora en el universal instinto materno.

3 pensamientos en “Una hermana nace a la maternidad

  1. Por ahora las lagrimas no me dejan escribir… solo sentir y dar una vez mas las GRACIAS a Dios por la hermana que me escogió.
    GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS (bis)…

  2. Y después de un año… Puedes creer que aun cuando leo esto lloro y lloro y lloro que casi ni puedo leer. Jaja! Grandioso regalo para este mi 1er año como madre. Gracias herma querida, con tu ayuda y ejemplo todo este año se hizo más llevadero porque fui comprendiendo desde mi ser lo que es ser mamá. Y que mejor prueba que ver a mi bebé crecer feliz, que hasta dormido sonríe. Te amo!

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