Vuelta al trabajo el malestar que sienten la madres, malestar de la cultura

Una amiga me cuenta que ha llorado hasta sentir que se seca porque le toca incorporarse al trabajo luego del nacimiento de su bebe, que desconsuelo. En Venezuela, la gente de la cooperativa Lactarte lidera una iniciativa que titulan “X más posnatal” http://pormaspostnatal.blogspot.com/ para tratar de alargarlo, por lo menos, hasta los 6 meses, ya que hasta el momento sólo es de 12 semanas. En España también se están moviendo mujeres y hombre tras la consigna “Conciliación Ya” http://www.conciliacionrealya.org/ y recientemente en Chile han aprobado una ley que extiende el permiso posnatal en éste país http://www.crececontigo.gob.cl/2011/novedades/comienza-a-regir-postnatal-de-seis-meses/ . Todos estos acontecimientos están ocurriendo casi de forma simultánea, lo que me ha llevado a leer muchas historias de vida, testimonios de diversas familias alrededor del planeta sobre este tema

Nuestra historia                                                                                                       Me ha tocado lidiar con esta circunstancia en dos oportunidades en mi vida, ambas las enfoque como un asunto personal, o familiar, como si esto solo nos tocara a nosotros en casa, buscamos resolver la situación como un asunto privado, aplicamos ingenio, afinamos el instinto, sacamos las cuentas, juntamos solidaridad entre los más cercanos, tratando que fuera lo más favorablemente posible. Hoy me doy cuenta que la extensión del posnatal va más allá de mi persona, mi maternidad es un asunto social y político que se vincula con vida digna y mejor aún con la concepción indígena del buen vivir.

Desde este enfoque quiero compartir nuestra historia familiar de conciliación que es una más en el concierto de voces que reclaman la justa extensión del periodo posnatal y la lactancia materna exclusiva.

Nuestra primera hija, Alicia, nació en el 2005, para ese entonces, mi esposo y yo, trabajábamos en una organización de derechos humanos. Una de las primeras medidas que tomamos fue acumular el mayor tiempo posible a las 12 semanas de permiso post-natal que reconoce la ley, para ello sume vacaciones y, al igual que muchas mujeres en Venezuela, renuncié al período prenatal sabiendo las posibles consecuencias que esto podría acarrear:

Estudios científicos revelan que la ansiedad que sienten las embarazadas por diversas situaciones entre las que se encuentran las responsabilidades y cargas laborales, producen un aumento de la hormona del estrés CORTISOL que puede penetrar la placenta. Esto no parece muy importante si sucede de vez en cuando, sin embargo, si la embarazada siente ansiedad de manera recurrente, los niveles aumentados de cortizol pueden producir efectos en el desarrollo del cerebro de su bebéhttp://pormaspostnatal.blogspot.com/2011/09/con-un-postnatal-de-solo-12-semanas-no.html

Logramos acumular 4 meses, para ese entonces, parecía todo un éxito. Desde que Alicia nació fue alimentada y amada con lactancia exclusiva, a libre demanda y nos fue muy bien. Cuando llegó el día de incorporarme, continuaba la lactancia exclusiva, así que me presenté en el trabajo con mi beba en brazos, fuimos recibidas con mucho cariño y cuando me preguntaban qué íbamos hacer, simplemente me encogía de hombros, entonces una compañera de trabajo comentó: si yo tuviera un hijo me lo llevaría al trabajo, lo pondría en el porta bebe aunque sea debajo de un escritorio.

Fue eso lo que hice, simplemente no podía separarme de la bebe, no quería, no podía pensar en otra opción y sin pedir permiso “formal” fui día tras día a la oficina con mi bebe. A los pocos días lleve coche y corral y entre timbres de puertas, de teléfono y reuniones de trabajo mi beba creció durante dos meses.

Fue lo mejor que pude hacer para aquel entonces, sin embargo, esos dos meses, no fueron fáciles, ni para mi, ni para la bebe, yo estaba repartida, más bien dividida y sentía que en ninguno de mi roles daba lo que se necesitaba dar. Luego de dos meses vinieron las vacaciones colectivas de diciembre y gané unos días más, pero había que tomar una decisión, en el fondo nadie me presionaba, excepto la realidad misma.

Mi mamá se estaba recuperando de un Accidente Cerebro Cardiovascular que le había dado hacía pocos meses, mi madre también requería atención y así fue que surgió la idea, debíamos contratar a alguien que acompañará y atendiera a ambas. Así lo hicimos y resulto muy beneficioso para la recuperación de mi mamá que su primera y única nieta, estuviera bajo sus cuidados y mimos.

Para ese entonces ya no estaba bajo régimen de lactancia exclusiva y ya no había más razones de fuerza mayor, así que: al trabajo, día tras día, mi hija pasaba horas en la silla del carro mientras íbamos y veníamos en el tráfico y caos citadino.

Durante ese tiempo mi hija “aprendió” a ver mucha televisión como una estrategia para distraerla de la separación, podía no estar de acuerdo pero éstas eran las condiciones, también lloró mucho, unos días más otros días menos y cuando por fin nos encontrábamos pasaba horas en la silla de carro, enfrascadas en el trafico, hasta llegar a casa directo a comer y bañarse para dormir y empezar, todo de nuevo, al día siguiente.

Luego de esta etapa, cuando ya tenía año y medio, mi hija, fue a la guardería, la mejor que pudimos conseguir y le fue bastante bien, gracias a Dios. Para aquellos días, no me permitía pensar mucho en las consecuencias, simplemente, se ha hecho tan común que otro sea el que cuide a los hijos que parecía normal y la verdad, nadie me cuestionaba que lo hiciéramos, así que parecía lo correcto.

Sin embargo no estaba tranquila y mi hija tampoco. Tal como dice el pediatra Carlos González al referirse al malestar que sienten las madres cuando dejan a sus hijos en una guardería:  “Una madre que interpretase este malestar no como culpa, sino como rabia o indignación ante la inhumanidad de nuestro sistema laboral o la insuficiencia de nuestro permiso de maternidad (las suecas tienen más de un año de licencia por maternidad; las bielorrusas tiene 3 años), resultaría molestamente subversiva” (Carlos González: Bésame Mucho, Editorial Planeta, pp52).

Cuando mi hija tenía 5 años, después de mucha búsqueda, espera y ansiedad quedamos embarazados por segunda vez, este embarazo, contó con mucho reposo al principio por placenta baja y en el tercer trimestre por amenaza de parto prematuro, así que no abuse y me tome el permiso prenatal. Arturo nació el 20 de agosto de 2010, después de 8 meses de gestación.

Disfruté y padecí el puerperio tanto como puede, la sorpresa de adaptarse a la aventura de dos chamos en casa. Mis amistades, familiares y compañeros preguntaban qué haría. A pocas semanas de incorporarme, tome y tomamos una decisión difícil: renunciar al trabajo y dedicarme a maternar.

La vida se impuso, mi segundo hijo, fue muy esperado, un niño que lucho por vivir, mucho fue lo que oramos, mi hija primera comenzó su escolaridad más formal y se convertía en hermana mayor, requería acompañamiento materno, no podíamos repetir el esquema anterior; de continuar trabajando, el bebe, de solo 3 meses, a una guardería y la hermana, había que inventar dónde y nuestros deprimido sueldo, íntegro estaría destinado a que otros cuidarán de nuestros hijos, pagaríamos para mantener lejos a unos hijos muy queridos y deseados. Absurdo total.

Optar por lo más sano, lo que nos haría felices, implicó dejar de lado un sueldo que hacía parte importante del ingreso familiar, lo cual supondría más ajustes, supuso también desincorporarme del mercado laboral, lo cual me preocupa pues lograr un empleo digno no es tarea fácil en este país y menos para una mujer de 40 años con dos hijos, pero ya veremos, creemos que es una etapa en nuestra historia familiar, ya retomaré el trabajo remunerado como profesional, estoy convencida que las dotes de paciencia y trabajo bajo presión, entre otras virtudes se están fortaleciendo en este momento.

Estamos absolutamente seguros que criar con respeto y apego a nuestros hijos es también una opción por formar ciudadanos y ciudadanas emocionalmente sanos, seguros de sí mismos y responsables de sus actos, conscientes de sus derechos y deberes, creativos y demás virtudes ciudadanas, aún cuando, en la práctica, por ahora, la sociedad y el supuesto modelo de Estado Democrático y Social de Derecho y Justicia decretado en Venezuela, no haga la misma apuesta.

Que las mujeres y las familias en Venezuela y en cualquier parte del mundo puedan dedicarse libremente a la maternidad, por lo menos en el primer año de vida de sus hijos y que los niños y niñas cuenten con el cercano afecto y lactancia materna de forma oportuna y adecuada, que el Estado procure lo necesario para que esto sea posible, supone un modelo social que respeta la dignidad humana y el buen vivir, porque es una inversión en educación, prevención del delito, en recursos humanos, es una contribución a sociedades sanas, creativas, para la vida con futuro.

Estoy consciente que, por difícil, que fuera, yo puedo dedicarme a mis hijos y seguimos alimentándonos, gracias al apoyo y esfuerzo de mi esposo, sin embrago hay madres, solteras, hay familias que no pueden, se les niega esta opción. ¿Cómo es posible que criar a los hijos sea un lujo?