Cuando la violencia es el pan de cada día

Esta reflexión fue publicada en un diario de circulación local Ciudad Caracas http://www.ciudadccs.info/?p=327154 en el espacio semanal de la Organización de derechos humanos Red de Apoyo Por la Justicia y la Paz http://www.redapoyo.org.ve/index.php?option=com_content&task=view&id=582&Itemid=2. Desde aquí espero haber aportado un grano de arena al debate sobre violencia social y crianza.

¿Dónde nace la violencia?

Ante el maltrato policial solemos escuchar frases como éstas: “Deja que lo vea sin uniforme, se las va ver conmigo”, “eso se arregla entre hombres”, “si denuncias arriesgas la vida”, “puedes pasar la vida detrás de la justicia y no pasa nada”. Estas frases expresan un sentir general que se presenta así se trate de un caso de violencia contra la mujer, de una pelea callejera o de un conflicto escolar; lo que sí salta a la vista es que expresiones y situaciones como éstas ponen en evidencia una naturalización de la violencia.
Pero, ¿dónde nace la violencia? ¿Por qué la violencia común, la policial, hacia la mujer, la escolar o institucional es nuestro pan de cada día? Tan “normal” que parece que no podemos hacer nada ante ella… ¿es parte de nuestra cultura?

La violencia nace en casa, forma parte de nuestra forma de criar y está socialmente aceptada. Es por ello que desde que nacemos somos maltratadas y maltratados por nuestras madres y nuestros padres. Y esto tiene una explicación: cuando criamos, solemos pensar que nuestras hijas e hijos son manipuladoras y manipuladores, a quienes hay que dominar desde la más temprana edad, negarles afecto, dejarles llorar hasta el cansancio para que sepan quién manda y aprendan a ser independientes desde bebés y fortalezcan el carácter. Lo “normal” es castigarles e incluso golpearles de forma suave o severa “por su bien”.

Cuando partimos de esta forma de percibir a la niña o al niño, por temor a perder autoridad, instauramos en casa un campo de batalla, donde las relaciones filiales comienzan a basarse en el poder y dominación por cualquier medio, a cualquier costo. Esto, lamentablemente, se da porque a las madres y a los padres no nos enseñan a educar; entonces, terminamos repitiendo lo que aprendimos. Poco o nada se dice sobre criar con respeto y afecto, sobre cómo hacer de los derechos de los niños, las niñas y las y los adolescentes una práctica cotidiana, que se puede educar sin maltratar y poner límites de forma sana, de manera que el niño o la niña se conviertan en personas responsables de sus actos y sepan resolver conflictos de forma pacífica.

Detrás de la tortura o violencia callejera, escolar o hacia la mujer se esconde una historia de maltrato infantil, pues casi siempre el o la que maltrata física y psicológicamente viene de un hogar donde la violencia era un hecho cotidiano. Detrás de las personas que no denuncian también hay un alto porcentaje de gente que cuando fueron niñas o niños, la violencia era una forma de educar, recibir golpes de la autoridad, hombre o mujer, no se interpretaba como fuera de lo común.

Entonces, ¿qué estamos esperando para frenar la violencia desde el hogar? Comencemos a actuar desde ya para cambiar esta situación, propongamos a nuestras instituciones gubernamentales nacionales y locales espacios formativos sobre crianza con respeto y apego. ¡Vamos a comprometernos con la prevención de la violencia

Claudia Rodríguez Gilly @claudirg