“Cada niño, una etiqueta”

“Ese niño tiene cara de tremendo” Así dijo un señor, señalando a mi hijo, incluso así me he referido yo a él en mas de una ocasión, solemos poner etiquetas a nuestros hijos, así como alguna vez nos pusieron a nosotros, hemos crecidos con ellas y algunas pesan más que otras, pero todas pesan. Parafraseando a Laura Gutman esta etiqueta que ponemos a los niños y niñas va dando vida a un personaje que deja poco espacio al libre desarrollo de la personalidad, limita la experiencia compleja de la vida, con un personaje impuesto.

Pero ¿Cómo hacemos para no caer en esa mala costumbre?. Laura Gutman ofrece una respuesta corta en “Mujeres visibles, madres invisibles”:

“Estar atentos a no encasillarlos en sus habilidades, será más fácil si miramos a todos nuestros hijos en conjunto. Y si tratamos de reconocer la tendencia que tenemos de mirar a unos bajo un cristal y a otros bajo otros cristales, es decir, teñidos de nuestras suposiciones preestablecidas. Entonces, para sustraernos del desliz de mirar solo el personaje, seria ideal conversar con ellos, saber qué es lo les pasa, qué sienten, qué dificultades tienen, qué necesitan de nosotros, en lugar de que ellos nos escuchen hablar -refiriéndonos a ellos- con otras personas desde los personajes que ya hemos construido y determinado para cada uno. Si conversamos y dialogamos con ellos, sabremos que cada momento es diferente, cada instante trae una nueva versión de los acontecimientos, por lo tanto, no hay lugar para los encasillamientos, sino para el genuino interés sobre cada niño. Entonces ellos podrán ser niños completos, que aveces ríen, otras veces se divierten, otras veces estudian, otras veces se portan muy mal y otras veces son cariñosos. Es decir, podrán vivir la complejidad que atañe a todo ser humano” (Gutman, 2009, p. 127).

Autorretrato y efecto: Alicia Izarra “como un dibujo con los pelos volando”